Probablemente en 1960 me encontraba
sin trabajo como habitualmente ocurría.
No es que fuese difícil en esa época hallar trabajo; en mi caso era muy
conocido, popular diría yo, entre los colegas de mi edad, quienes me
proporcionaban avisos de oportunidad.
Sin embargo por entonces se estaban agotando, en muchas ocasiones los
había defraudado por mi inoportuna manera de beber; esto era lo peor la
inoportunidad en beber, cuando menos debimos hacerlo lo hicimos.
Pues bien,
supe por mi cuñado que tal vez podría ser útil donde perentoriamente él
trabajaba. Era mecánico y ejercía su oficio en Finca de Café situada en el
oriente del país, a kilómetros apreciables de Chinameca. El dueño residía en San Salvador, dándome su
dirección con la advertencia de que no lo mencionara. Logre la entrevista a la
cual asistí con la única ropa presentable con que contaba y la única referencia
que encontré en mis desordenados haberes: constancia de haber presentado declaraciones
de bienes al Tribunal de Probidad de la C.S.J. de años anteriores; esto
teníamos la obligación de hacerlo los empleados y funcionarios del Estado en
cierto grado de responsabilidad.
Me dio el
trabajo, se comunicó con su Administrador para lo pertinente. Al día siguiente éste me espero en el desvió
del caso y me condujo a mi destino distante del pueblo, mi alivio era
evidentemente una fuga geográfica.
Platicamos de los planes que llevaba, platicaba convincentemente porque
después de la entrevista me di ánimos bebiendo, por supuesto fui a celebrarlo y
aún me animaba lo ingestado, al llegar ya de noche me presento al escribiente
quién me expreso su complacencia por lo que de mi aprendería.
Desafortunadamente
esa noche se celebraba la muerte de un niño y había licor y baile, yo baile con
la madre de la criatura en tal estado que recuerdo me aconsejo, me pidió no
desperdiciarme de esa manera.
Al día
siguiente lucía fresco en apariencia, pero me apremiaba la sed que ustedes
conocen, dicté unas notas todas locas me imagino, creo recordar sobre avisos de
saldo y cobro, desde luego entre sorbo y sorbo.
Mi adicto manía era imparable.
Transcurrieron cinco días en ese estado; por supuesto que recibí llamada
del empleador que severamente me reclamo que hiciera mi trabajo que no había
llegado a parrandear. Entre tanto en la
noche por dormirme con el cigarrillo en la mano me despertó el incendio de mi
colchón que alcanzo a llegar a mi pantalón, me había acostado sin quitármelos.
Todo termino
cuando recibí llamado de un buen amigo, Contador a la sazón de un banco nuevo
llamado Crédito y Ahorro, ya desaparecidos ambos mi amigo y el banco. Con un
gran alivio el Administrador me puso de nuevo en la carretera… y al banco nunca
llegué.
Ricky
Morales
San Salvador, 12 de Diciembre de 2011.
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